“Manifestalo.”
“Visualizalo como si ya fuera tuyo.”
“Repetí todos los días lo que querés conseguir.”
“Si lo creés, lo atraés.”
Las afirmaciones positivas y la llamada ley de atracción se volvieron extremadamente populares. En redes sociales encontramos cientos de videos que aseguran que pensar en aquello que queremos, visualizarlo y repetir determinadas frases puede ayudarnos a convertir nuestros deseos en realidad.
Y muchas personas aseguran que les funciona.
Consiguieron ese trabajo. Crearon el emprendimiento que soñaban. Empezaron a ganar más dinero. Cambiaron determinados hábitos. Se animaron a hacer algo que durante años habían postergado.
La explicación suele ser:
“Lo manifesté y el universo respondió.”
Pero existe otra pregunta mucho más interesante:
¿Y si parte de ese fenómeno no estuviera ocurriendo en el universo, sino dentro de nuestro cerebro?
Primero: ¿qué es la neuroplasticidad?
Durante mucho tiempo se pensó que, una vez alcanzada la adultez, el cerebro era una estructura relativamente fija.
Hoy sabemos que no es así.
La neuroplasticidad es la capacidad del sistema nervioso de modificar su funcionamiento y organización como consecuencia de la experiencia, el aprendizaje y la práctica.
Nuestro cerebro cambia cuando aprendemos algo nuevo, practicamos una habilidad o modificamos repetidamente determinadas conductas.
Eso no significa que podamos “reprogramar el cerebro” simplemente repitiendo una frase frente al espejo.
La neuroplasticidad está mucho más relacionada con experiencias y aprendizajes repetidos que con palabras mágicas.
Y ahí aparece la primera diferencia importante.
Una afirmación no cambia la realidad por sí sola
Supongamos que todas las mañanas repetimos:
“Voy a tener un emprendimiento exitoso.”
La frase, por sí misma, no genera clientes.
No mejora nuestro producto.
No paga las cuentas.
No crea una estrategia comercial.
Y tampoco existe evidencia científica sólida de que el universo reorganice acontecimientos externos para cumplir aquello que pensamos.
Pero eso no significa necesariamente que la afirmación sea inútil.
Porque entre pensar algo y conseguir algo pueden suceder muchas cosas.
Lo que pensamos puede modificar dónde ponemos nuestra atención
Nuestro cerebro recibe una cantidad enorme de información constantemente y no puede procesarla toda con el mismo nivel de profundidad.
Por eso selecciona.
Prestamos atención a algunas cosas y dejamos otras prácticamente fuera de nuestro foco consciente.
Cuando tenemos un objetivo claro, determinados estímulos relacionados con ese objetivo pueden adquirir mayor relevancia.
Pensemos en algo cotidiano.
Estamos considerando comprar determinado modelo de auto y, de repente, empezamos a verlo por todas partes.
Probablemente esos autos ya estaban allí.
Lo que cambió fue nuestra atención.
Con nuestros objetivos puede suceder algo parecido.
Cuando algo adquiere importancia para nosotros, podemos comenzar a prestar más atención a información, personas, oportunidades o situaciones relacionadas con ese objetivo.
Y la atención puede cambiar nuestras decisiones
Acá empieza la parte verdaderamente interesante.
Imaginemos dos pensamientos:
“Nunca voy a poder hacer crecer mi negocio.”
y
“Puedo aprender qué necesito cambiar para hacer crecer mi negocio.”
Ninguna de las dos frases predice el futuro.
Pero probablemente no generen exactamente el mismo comportamiento.
La segunda puede predisponernos más a investigar, preguntar, probar una estrategia diferente, capacitarnos, analizar nuestros errores o volver a intentarlo.
Y entonces comienza una cadena:
Pensamiento → Atención → Decisiones → Acciones → Experiencias → Aprendizaje.
Las acciones generan nuevas experiencias.
Y las experiencias repetidas sí pueden producir aprendizaje y cambios en nuestro cerebro.
Ahí entra la neuroplasticidad.
Entonces… ¿las afirmaciones funcionan?
La respuesta más razonable sería:
Depende de qué entendamos por “funcionar”.
Si esperamos que repetir:
“Voy a ser millonario.”
haga aparecer dinero en nuestra cuenta bancaria, no tenemos una explicación científica que permita sostenerlo.
Pero si una afirmación nos ayuda a definir un objetivo, modificar nuestra interpretación de una situación, dirigir nuestra atención o sostener determinadas conductas, entonces puede convertirse en una pieza dentro de un proceso mucho más grande.
No sería:
AFIRMO → SUCEDE
Sino algo más parecido a:
AFIRMO → ENFOCO → ACTÚO → EXPERIMENTO → APRENDO → ME ADAPTO → AUMENTO MIS POSIBILIDADES
Y esta diferencia es enorme.
No todas las afirmaciones son iguales
También existe un punto que suele desaparecer en las publicaciones sobre pensamiento positivo.
Una afirmación extremadamente alejada de aquello que una persona realmente cree sobre sí misma no necesariamente genera un efecto positivo.
Decirse:
“Soy increíblemente exitoso y todo me sale bien”
cuando internamente pensamos exactamente lo contrario puede generar una contradicción difícil de sostener.
Quizás resulte más útil trabajar con afirmaciones orientadas al proceso y a la posibilidad de aprender.
En lugar de:
“Soy exitoso.”
podríamos utilizar:
“Estoy aprendiendo a tomar mejores decisiones para hacer crecer mi proyecto.”
En lugar de:
“Nada puede detenerme.”
podríamos decir:
“Puedo equivocarme, aprender y volver a intentarlo.”
Y en lugar de:
“Voy a conseguir todo lo que quiero.”
algo mucho más realista:
“Puedo aumentar mis posibilidades si trabajo consistentemente hacia aquello que quiero.”
No parece tan espectacular.
Pero probablemente sea bastante más útil.
¿Y qué lugar ocupa la visualización?
Visualizar también puede tener valor.
En psicología y en ámbitos como el deporte se utiliza la práctica mental para complementar el entrenamiento y preparar determinadas acciones.
Pero nuevamente aparece una distinción fundamental:
visualizar no sustituye hacer.
Imaginar que corremos una maratón no produce el mismo efecto que entrenar durante meses.
Imaginar nuestro negocio funcionando tampoco reemplaza aprender a vender, organizar procesos, administrar dinero o conocer a nuestros clientes.
La visualización puede formar parte de la preparación.
La acción sigue siendo indispensable.
Tal vez “manifestar” cambie primero a quien manifiesta
Y acá aparece, para nosotros, la parte más interesante de toda esta discusión.
Quizás algunas experiencias atribuidas a la manifestación puedan explicarse, al menos parcialmente, mediante mecanismos mucho más cercanos:
atención, expectativas, motivación, aprendizaje, comportamiento y neuroplasticidad.
Pensamos diferente.
Empezamos a mirar cosas diferentes.
Tomamos decisiones diferentes.
Esas decisiones producen nuevas experiencias.
Aprendemos de ellas.
Nuestro comportamiento cambia.
Y, como consecuencia, también pueden cambiar nuestros resultados.
Desde afuera, años después, podemos mirar hacia atrás y pensar:
“Increíble. Lo pensé y sucedió.”
Pero entre aquel pensamiento y el resultado posiblemente hayan ocurrido cientos de pequeñas decisiones que hicieron que ese resultado fuera cada vez más probable.
Entonces… ¿el universo o nuestro cerebro?
La ciencia no puede demostrar que el universo responda a nuestros pensamientos para concedernos aquello que deseamos.
Sí sabemos, en cambio, que nuestro cerebro aprende, se adapta y cambia con la experiencia.
También sabemos que nuestras expectativas y aquello a lo que prestamos atención pueden influir sobre nuestro comportamiento.
Por eso quizá no sea necesario abandonar las afirmaciones.
Tal vez simplemente tengamos que entenderlas de otra manera.
No como una orden enviada al universo.
Sino como una forma de recordarnos:
qué queremos, hacia dónde queremos ir y qué estamos dispuestos a hacer para acercarnos.
Porque quizá afirmar no cambie el universo.
Quizás empiece cambiando la manera en que interactuamos con él.
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